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jueves, 8 de mayo de 2008

Para entender la intimidad de la lectura

Con el objeto de que podamos comprender el concepto de lectura desde una perspectiva íntima, humana, vivencial y participativa, leamos el texto de Paulo Freire titulado "La importacia del acto de leer".



La importancia del acto de leer[1]

Comunicación presentada en el XI Congreso Brasileño de Biblioteconomía y Documentación, (enero, 1982)

Paulo Freire

Pocas veces, a lo largo de tantos años de práctica pedagógica, y por tanto política, me he permitido la tarea de abrir, inaugurar o clausurar encuentros o congresos.

He aceptado ahora, pero de la manera más informal posible. Y lo he aceptado para hablar un poco de la importancia del acto de leer.

Me parece indispensable, al tratar de hablar de esa importancia, decir algo del proceso en que me metí mientras estaba escribiendo este texto que ahora leo, proceso que encerraba una comprensión crítica del acto de leer, que no se agota en la descodificación pura de la palabra escrita o del lenguaje escrito, sino que se anticipa y se alarga en la comprensión del mundo.

La lectura del universo antecede a la lectura de la palabra y por eso la anterior lectura de ésta no puede prescindir de la continuidad de la lectura de aquel. Lenguaje y realidad están unidos dinámicamente. La comprensión del texto que se obtiene por la lectura crítica implica la percepción de las relaciones entre el texto y el contexto. Cuando trato de escribir sobre la importancia del acto de leer, me siento impulsado – con mucho gusto – a “releer” momentos fundamentales de mi práctica, conservados en la memoria, desde las experiencias más lejanas de mi infancia, de mi adolescencia, de mi juventud, en que la comprensión crítica de la importancia del acto de leer se fue formando dentro de mí.

Cuando estaba escribiendo este texto, iba “tomando distancia” de los diversos momentos en que el acto de leer se fue dando en mi experiencia existencial. Primero, la “lectura” del mundo, del pequeño mundo en que me veía; luego, a la lectura de la palabra que no siempre, a lo largo de mis años escolares, fue la lectura de la “palabra – mundo”. El recuerdo de la infancia distante, buscando la comprensión de mi acto de leer, el mundo particular en que me veía – hasta donde no me traiciona la memoria -, es para mí muy significativo. En ese esfuerzo a que me voy entregando, recreo, y revivo, en el texto que escribo, la experiencia vivida en el momento en que todavía no leía la palabra. Me veo así en la casa sencilla en que nací, en Recife, rodeada de árboles, algunos de ellos como si fuesen personas – tal era la intimidad entre nosotros – jugaba a su sombra y en sus ramas más dóciles a mi estatura me ejercitaba en riesgos menores que me preparaban para riesgos y aventuras mayores.

La vieja casa, sus cuartos, su pasillo, su sótano, su terraza, el patio amplio en que se encontraba, todo eso fue mi primer mundo. En él anduve a gatas, balbuceé, me puse en pie, caminé y hablé. En verdad, aquel mundo todo especial se entregaba a mí como el mundo de mi actividad perceptiva y por tanto como el mundo de mis primeras lecturas. Los “textos”, las “palabras”, las “letras” de aquel contexto – en cuya percepción me ejercitaba y, cuando más lo hacía, más aumentaba la capacidad de percibir – se encarnaban en una serie de cosas, objetos, de señales, cuya comprensión iba percibiéndose en el trato con ellos y en mis relaciones con mis hermanos mayores y con mis padres.

Los “textos”, las “palabras”, las “letras” de aquel contexto se encarnaban en el canto de los pájaros: el del “sanhaçu”, el del “elha-pro-caminho-quem-vem”, el del “ben-tevi”, el del ruiseñor; en la danza de las copas de los árboles soplados por fuertes vendavales que anunciaban tempestades, truenos, relámpagos; las aguas de la lluvia jugando a la geografía: inventando lagos, islas, riachuelos… Los “textos”, “las palabras”, las “letras” de aquel contexto se encarnaban también en el silbido del viento, en las nubes del cielo, en sus colores, en sus movimientos, en el color del follaje, en las formas de las hojas, en el olor de las flores – de las rosas, de los jazmines – en el cuerpo de los árboles, en la concha de los frutos. También en la tonalidad diferente de colores de un mismo fruto en momentos distintos: el verde del mango-espada verde, el verde del mango-espada hinchado; el amarillo verdoso del mismo mango maduro, las pintas negras del mango pasado de maduro. La relación entre colores, el crecimiento de la fruta, su resistencia a nuestra manipulación y su gusto. Fue en ese tiempo, posiblemente, cuando yo, haciendo y viendo hace, aprendí el significado de la acción abollar…

De aquel contexto hacían parte igualmente los animales: los gatos de la familia, su manera mañosa de enroscarse en las piernas de la gente, su miau de súplica o de rabia, Joli el viejo perro negro de mi padre, su mal humor, siempre que uno de los gatos incautamente se acercaba demasiado al lugar en que encontraba comiendo; su “estado de espíritu”, en esos momentos, era completamente distinto al humor que tenía cuando casi deportivamente perseguía, arrinconaba y mataba a uno de los zamuros responsables de la desaparición de las gordas gallinas de mi abuela.

De aquel contexto – el de mi mundo inmediato – formaba parte, por otro lado, el mundo del lenguaje de los más viejos, expresando sus creencias, sus gustos, sus recelos y sus valores. Todo esto unido a contextos más amplios que el de mi mundo inmediato y de cuya existencia ni siquiera podía sospechar.

En el esfuerzo de re-tomar la infancia distante, a que me refería, buscando la comprensión del acto de leer el mundo particular en que movía, permítanme repetirlo, re-creo, re-vivo, en el texto que escribo, la experiencia vivida en el momento en que todavía no leía la palabra. Y algo que me parece importante, en el contexto general del que estoy hablando, surge ahora insinuando su presencia en el cuerpo de estas reflexiones.

Me refiero al miedo mío a las almas en pena cuya presencia entre nosotros era una constante en las conversaciones de los más viejos, en mi infancia. Las almas en pena necesitan de la oscuridad o de la semi-oscuridad para aparecer en las formas más diversas: gimiendo el dolor de sus culpas, dando carcajadas sarcásticas, pidiendo oraciones o indicando escondites.

Pues bien, posiblemente hasta los siete años, el barrio de Recife donde nací estaba iluminado por antorchas que se perfilaban, con cierta dignidad, por las calles. Antorchas elegantes que, al atardecer, se “entregaban” a la vara mágica de sus encendedores. Yo acostumbraba a acompañar, desde el portón de mi casa, de lejos, la figura del “encendedor de antorchas” de mi calle, que caminaba, con un andar rítmico, la vara prendedora al hombro, de antorcha en antorcha, iluminando la calle. Una luz precaria, más precaria que la que teníamos en casa. Una luz mucho más dominada por las calles que iluminándolas.

No había un clima mejor que aquel para las diabluras de las almas. Me acuerdo de las noches en que, envuelto en mi propio miedo, esperaba que el tiempo pasase, que la noche se fuese, que la madrugada medio luminosa llegase trayendo con ella el canto de los pájaros mañaneros. Mis temores nocturnos terminaron por aguzar, en las mañanas despejadas, la percepción de un sinfín de ruidos que se perdían en la claridad y en la bulla de los días y que eran misteriosamente subrayados en el silencio profundo de las noches.

En la medida, empero, en que fui entrando en la intimidad de mi mundo, en que mejor lo percibía y lo entendía en la “lectura” que de él hacía, mis temores disminuían.

Pero, y es importante decirlo, la “lectura” de mi mundo, que siempre fue fundamental para mí, no me transformó anticipadamente en hombre, en un racionalista de pantalón corto. La curiosidad del niño no iría a distorsionarse por el simple hecho de ser ejercida y también en eso recibí la ayuda de mis padres. Con ellos, precisamente, comencé a ser introducido en la lectura de la palabra, en cierto momento de esta rica experiencia de comprensión de mi mundo inmediato, sin que esa comprensión significase antipatías a lo que tenía de encantadoramente misterioso.

El desciframiento de la palabra fluía naturalmente de la “lectura” del mundo particular. No era algo que estuviese superpuesto a él. Fui alfabetizado en el suelo del patio de mi casa, a la sombra de los mangos, con palabras de mi mundo y no del mundo adulto de mis padres. El suelo fue mi pizarrón; las ramitas mi tiza.

Por esta razón, al llegar a la escuela particular de Eunice Vasconcelos, cuya reciente desaparición tanto me ha conmovido y a quien rindo ahora un sentido homenaje, ya estaba alfabetizado. Eunice continuó y profundizó el trabajo de mis padres. Con ella, la lectura de la palabra, de la frase, de la oración, nunca significó una ruptura de la “lectura” del mundo. Con ella, la lectura de la palabra fue la lectura de la “palabra-mundo”.

Hace poco, con profunda emoción, visité la casa donde nací. Pisé el mismo suelo sobre el que me paré, caminé, hablé y aprendí a leer. El mismo mundo, primer mundo que se presentó a mi comprensión por la “lectura” que de él hacía. Allí, reencontré algunos árboles de mi infancia. Los reconocí sin dificultad. Casi abracé sus gruesos troncos, aquellos jóvenes troncos de mi infancia. Entonces, una nostalgia que suelo llamar mansa o bien comportada y que salía del piso, de los árboles, de la casa, me envolvió cariñosamente. Abandoné la casa lleno de alegría, con el gozo de quien reencuentra gente querida.

Continuando en este esfuerzo de “re-leer” momentos fundamentales de experiencias de mi infancia, de mi adolescencia, de mi juventud, en las que la comprensión crítica de la importancia del acto de leer se fue formando en mí a través de su práctica, vuelvo al tiempo en que, como alumno de bachillerato, me ejercité en la percepción crítica de los textos que leía en clase, con la colaboración, hasta hoy recordada, de mi profesor de portugués.

Por eso nuestra insistencia, como profesoras y profesores, en que los estudiantes “lean”, en un semestre, una cantidad de capítulos de libros, reside en la comprensión equivocada que, a veces, tenemos del acto de leer. En mi peregrinar por el mundo no han sido pocas las veces en que jóvenes estudiantes me hablaron de su lucha con enormes bibliografías que tenían que “devorar” más que leer o estudiar. Verdaderas “lecciones de lectura” en el sentido más tradicional de esta expresión, a las que estaban sometidos en nombre de su formación científica y de las que debían dar cuenta por medio del famoso control de lectura. Algunas veces llegué hasta a leer, en listas bibliográficas, indicaciones sobre qué páginas de este o de aquel capítulo de tal o cual libro deberían ser leídas: “de la página 15 a la 37”.

La insistencia en la cantidad de lecturas sin la debida profundización en los textos para que sean comprendidos, y no sólo mecánicamente memorizados, descubre una visión mágica de la palabra escrita. Visión que debe ser superada. La misma visión, aunque encarnada desde otro ángulo, que se encuentra, por ejemplo, en el escritor que identifica la posible calidad o no de su trabajo con la cantidad de páginas escritas. Sin embargo, uno de los documentos filosóficos más importantes de que disponemos, Las Tesis sobre Feuerbach, de Marx, tiene apenas dos páginas y media…

Con todo, es importante subrayar, para evitar una comprensión errónea de lo que estoy diciendo, que mi crítica al concepto mágico de la palabra no significa, en modo alguno, una posición poco responsable de mi parte con relación a la necesidad que tenemos educadores y educandos de leer, constante y seriamente, los clásicos en todos los campos del saber, de profundizar en sus textos, de crear una disciplina intelectual, sin la cual hacemos inviable nuestra práctica como profesores y alumnos.

Dentro también del momento bastante rico de mi experiencia como profesor de lengua portuguesa, me acuerdo, tan vivamente como si esa experiencia fuese de hoy y no de un ayer lejano, de las veces en que me detenía en el análisis de textos de Gilberto Freyre, de Lins de Rego, de Graciliano Ramos, de Jorge Amado. Textos que yo llevaba de casa y que iba leyendo con los alumnos, subrayando aspectos de su sintaxis estrechamente unidos al buen gusto de su lenguaje. A aquellos análisis juntaba comentarios sobre diferencias obvias entre el portugués de Portugal y el de Brasil.

Estoy intentando dejar claro, en este trabajo sobre la importancia del acto de leer – y no me cansaré de repetirlo - que mi esfuerzo fundamental ha sido el de explicitar cómo, en mí, aquella importancia ha sido destacada. Es como si yo estuviese haciendo la “arqueología” de mi comprensión del complejo acto de leer, a lo largo de mi experiencia existencial. Por eso he hablado de momentos de mi infancia, de mi adolescencia, de los comienzos de mi juventud y termino ahora re-viendo, en trazos generales, algunos de los aspectos centrales de la propuesta que hice hace algunos años en el campo de la alfabetización de adultos.

En principio me parece interesante reafirmar que siempre consideré la alfabetización de adultos como un acto político y un acto de conocimiento, y por lo mismo, como un acto creador. Para mí sería imposible integrarme en un trabajo de memorización mecánica de los ba-be-bi-bo-bu o de los la-le-li-lo-lu. Por eso tampoco puedo reducir la alfabetización a la enseñanza en cuyo proceso el alfabetizador fuese “llenando” con sus palabras las cabezas supuestamente “vacías” de los alfabetizandos. Por el contrario, como acto de conocimiento y acto creador, el proceso de alfabetización tiene, en el alfabetizando, su sujeto.

El hecho de necesitar de la ayuda del educador, como ocurre en cualquier relación pedagógica, no significa que la ayuda del educador anule su creatividad y su responsabilidad en la construcción de su lenguaje escrito y en la lectura de este lenguaje. En realidad, tanto el alfabetizador como el alfabetizando, al agarrar, por ejemplo, un objeto, como hago yo con el que tengo entre los dedos, sienten el objeto, perciben el objeto sentido y son capaces de expresar verbalmente el objeto sentido y percibido. Como yo, el analfabeto es capaz de sentir la pluma, de percibir la pluma y de decir: pluma. Pero yo soy capaz no solamente de sentir la pluma, de percibir la pluma, de decir pluma, sino también de escribir “pluma” y, por consiguiente, de leer “pluma”. La alfabetización es la creación o el montaje escrito de la expresión oral. Este montaje no lo puede hacer el educador para o sobre el alfabetizando. Ahí tiene él un momento para su trabajo creador.

No me parece necesario alargarme más aquí y ahora, sobre lo que he desarrollado, en otras ocasiones, a propósito de la complejidad de este proceso. Pero sí me gustaría volver sobre un punto al que me he referido varias veces en este texto, por el significado que tiene para la comprensión crítica del acto de leer y, por consiguiente, para la tarea de alfabetización que me he trazado. Me refiero a que la lectura del universo debe preceder siempre a la lectura de la palabra y la lectura de ésta implica la continuidad de la lectura de aquél. En el propósito a que me referí antes, este movimiento del universo a la palabra y de la palabra al universo está siempre presente. Movimiento en que la palabra pronunciada nace del mismo mundo a través de la lectura que de él hacemos. De alguna manera, empero, podemos ir más lejos y decir que la lectura de la palabra no está solamente precedida por la lectura del universo, sino también por una cierta forma de “escribirlo” o de “re-escribirlo”, esto es, de transformarlo por medio de nuestra práctica consciente.

Este movimiento dinámico es uno de los aspectos centrales, para mí, del proceso de alfabetización. Por eso siempre he insistido en que las palabras con que se organiza el programa de alfabetización deben ser escogidas del vocabulario universal de los grupos populares, expresando su lenguaje real, sus anhelos, sus inquietudes, sus reivindicaciones y sus sueños. Deben estar cargadas del significado de su experiencia existencial y no de la experiencia del educador. La investigación de lo que llamaba universo vocabular nos daba así las palabras del Pueblo, cargadas de mundo. Ellas nos venían a través de la lectura del universo que los grupos populares hacían. Después, volvían a ellos injertadas en lo que llamaba y llamo descodificaciones, que son representaciones de la realidad.

La palabra “ladrillo”, por ejemplo, quedaría incluida en una representación pictórica: la de un grupo de albañiles construyendo una casa. Pero, antes de la devolución en forma escrita, de la palabra oral de los grupos populares, a ellos, para el proceso de su comprensión y no de su memorización mecánica, solíamos desafiar a los alfabetizandos con un conjunto de situaciones codificadas de cuya descodificación o “lectura” resultaba la percepción crítica de lo que es cultura, por la comprensión de la práctica o del trabajo humano, transformador del mundo. En el fondo, ese conjunto de representaciones de situaciones concretas hacía posible a los grupos populares una “lectura” de la “lectura” anterior del mundo, antes de la lectura de la palabra.

Esta “lectura” más crítica de la “lectura” anterior menos crítica del mundo, hacía posible a los grupos, a veces en posición fatalista ante las injusticias, una comprensión distinta de sus necesidades. En este sentido, la lectura crítica de la realidad, dándose en un proceso de alfabetización o no y asociada sobre todo a ciertas prácticas claramente políticas de movilización y de organización, puede constituirse en un instrumento de lo que Gramsci llamaría “acción contrahegemónica”.

Concluyendo estas reflexiones sobre la importancia del acto de leer, que encierra siempre percepción crítica, interpretación y “re-escritura” de lo leído, me gustaría decir que, después de dudar un poco, decidí adoptar el procedimiento que empleé en el transcurso del tema, en consonancia con mi manera de ser y con lo que puedo hacer.

Por fin, quiero felicitar a los que idearon y organizaron este Congreso. Posiblemente nunca hemos necesitado tanto como ahora de encuentros como éste.



[1] FREIRE, Paulo. La importancia del acto de leer. Segunda edición. Editorial Laboratorio Educativo. Venezuela.